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5 de marzo, de 1951 a 2026, 75 años



Se da por cierto que, para los más de 8.000 millones de seres humanos que habitamos este planeta, solo hay dos cosas seguras: la muerte y el pago de impuestos.

También se admite ampliamente que la primera parte de la vida nos da el texto y la segunda, el comentario.

Desde una perspectiva jurídica, tengo la convicción de que hoy, al cumplir 75 años, edad contemplada con especial consideración en nuestra legislación, y en concreto en el IRPF, entro plenamente en esa segunda etapa.

Desde la bendición del autoconocimiento y el privilegio de ser yo mismo, conservo la ilusión de conseguir en paz unir el final con un nuevo principio.

Aspiro a disfrutar conscientemente de la armonía entre lo que pienso, lo que digo y lo que hago.

Soy conocedor de mi realidad, siempre lo he sido, y agradezco el regalo material de residir en la costa del Mediterráneo, el balneario del mundo.

Me siento bendecido por el legado de mis abuelos, a quienes no llegué a conocer, pues fallecieron en 1937 y 1940; pero cuyos principios y valores de bondad y empatía transmitieron a mis padres, y ellos a mí.

Recibí esa herencia a pesar, y también gracias, de los duros golpes con los que la vida los obsequió a todos ellos, y también a mí.  

No soy más que nadie, nunca lo he pretendido, ni lo he sido, como tampoco soy menos que ninguno.

Solo soy yo: una persona que nunca quiso ser la primera en nada, pero que siempre procuró no perder el pelotón, para no perjudicar al equipo.

Solo sé que no sé nada, más allá de que a este mundo hemos venido a aprender; pues mejorando nuestro yo, ayudamos a mejorar el de los demás.

En la sencillez, la humildad y la discreción, que me permiten observar mundos diversos, me siento a gusto conmigo mismo.

Como para Escohotado, la razón última de mi motivación siempre ha sido el conocimiento.

Mi empatía me ha posibilitado disfrutar de conexiones profundas en el tren de la vida; así como también ponerme en la piel de otras personas, entenderlas y, en la medida de lo posible, ayudarlas; en algunas ocasiones más allá de lo razonable, incluso en contra de mis propios intereses y motivaciones; pero sin llegar a perderme a mí mismo, gracias a mis principios y valores.

Siempre me he sentido como un “diablo bueno”: alguien capaz de ver y ayudar, pero incapaz de manipular una situación en beneficio propio. Como dicen mis amigos, soy un libro abierto.

La libertad es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos. Jamás la he vendido, aunque en numerosas ocasiones quisieron comprármela.

Ante la crítica de amistades próximas por falta de legitima ambición por mi parte (alguno llegó a llamarme tonto en amigable confianza), nunca dudé en elegir la paz de mi propia libertad frente a ofertas de poder, dinero o sexo.

He sufrido amenazas, incluso de muerte, por defender la libertad de expresión, aunque nunca he sufrido la coacción de “sabemos a qué colegio van tus hijos”, pues por voluntad consciente no los he tenido.

Mi vida ha dado más vueltas que una peonza.

No estudie en el mismo colegio o instituto más de un curso hasta llegar a la universidad.

Estudié conjuntamente periodismo, por decisión propia, y derecho por acuerdo paterno pactado.  

Profesionalmente, trabajé en numerosas publicaciones de diversas empresas y en múltiples ámbitos de la Administración y de la Justicia; lo que me permitió el conocimiento de los problemas y las necesidades de nuestros conciudadanos, que también son los míos.

Este camino me ha regalado anécdotas ilustrativas, didácticas e incluso divertidas, sobre la realidad de las personas y de los acontecimientos.

He escrito cuatro libros técnicos, además de numerosos artículos, que me han brindado un reconocimiento gratificante.

No es una cuestión de ego, sino de autoestima: la satisfacción por la capacidad de haber podido aportar un grano de arena al pensamiento de otras personas.

Llegada la etapa del comentario, me planteo escribir un quinto libro, para reflexionar sobre lo aprendido durante los 75 años, abordando las preguntas que todos nos hacemos, desde el presente, mirando hacia atrás y hacia delante.

Pienso en una obra enfocada de fuera hacía adentro, informada por la sabiduría perenne, que podríamos concretar aquí y ahora, simplificando, como el respeto de los derechos humanos; y que contemplará, desde casos concretos, la espiritualidad, el sexo, el dinero, el poder, la salud, las dependencias, el amor, la amistad, la familia…




La idea de este quinto libro, una gran ilusión y un gran reto, preveo que pueda ver la luz en 2030.

Un tiempo razonable para armonizar el anhelo personal de viajar (mientras el cuerpo aguante y disponga de tiempo y medios) con revisar archivos, pensar, y reposar ideas, para elaborar el libro.

Algún archivo relevante tal vez pueda publicarlo antes de finalizar este mismo año, y otros progresivamente hasta la edición del libro.

Aun así, tengo presente que, en el rio de la vida, nadie es dueño de su próximo segundo.

Esa conciencia de la fragilidad del tiempo otorgará a cada página escrita un gesto de gratitud, por constituir no solo una elaboración intelectual, sino también un ejercicio de humildad y de realismo.

Si las circunstancias del camino dieran otro desenlace: las horas de lectura, reflexión, escritura y revisión, habrán sido ya un modo fructífero de habitar este tramo de la vida.

Vivo este propósito con serenidad y esperanza, como una forma de ordenar mis experiencias, de acotar mi empatía para no diluirme en los demás; y al mismo tiempo, ofrecer algo propio, trabajado y sincero, a quienes puedan encontrarse con mis palabras.

Al cumplir 75 años, siento que traspaso una frontera invisible.

Entre 1951 y 2026, el mundo ha experimentado una transformación tecnológica vertiginosa.

Si entre el año 1500 y 1700 el conocimiento tardaba dos siglos en duplicarse, hoy lo hace cada seis meses. Estamos superando las distopías de Huxley y Orwell.

El poder, actuando con la clarividencia destructiva que describió Maquiavelo, avanza de tal forma que cada día es más difícil distinguir la verdad de la mentira, el bien del mal; no ya solo en los ámbitos de poder, sino incluso en las relaciones interpersonales.

Mientras la tecnología vuela, la sabiduría perenne apenas ha avanzado en dos milenios.

Sin principios como el amor o el respeto de los derechos humanos, difícilmente alcanzaremos la paz o la felicidad, todos y cada uno de los más de 8.000 millones de conciudadanos de nuestro planeta.

Desde ese amor y respeto quiero transmitiros, a todos los que no podréis coincidir hoy conmigo; familiares, amigos y personas de bien, con quienes he compartido el tren de la vida, mi agradecimiento por los momentos de calidad y experiencias afectivas, que permanecen en el recuerdo de nuestros corazones.

Brindo por los que lean estas líneas, pidiendo a los ángeles de la guarda que los colmen de bendiciones; y brindo también por los ausentes, que siguen vivos en nuestro recuerdo y en la energía del universo.


  

 
 
 

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